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1990: Roberto Dromi, Ministro de Obra Pública, anuncia el decálogo menemista: "Nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del Estado". Se iniciaba la década corrupta argentina...
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El mate fue, para los españoles, ‘un vicio que fomentaba el ocio y que contagiaba a todos, no siendo esto bueno para salud del alma y del cuerpo’.

El gobernador Diego de Góngora escribió: ‘Hay en esta gobernación, generalmente en hombres y mujeres, un vicio abominable y sucio que es tomar la yerba con gran cantidad de hierbas calientes para hacer vómitos con grandísimo daño de lo espiritual y temporal, porque quita totalmente la frecuencia del santísimo sacramento y hace a los hombres holgazanes, que es la total ruina de la tierra, y como es tan general temo que no se podrá quitar si Dios no lo hace’.

En abril de 1595 una ordenanza dictada por el teniente del gobernador, Juan Caballero Bazán, dispuso prohibir el tránsito por los yerbales en las proximidades del Rrío Xejui y tamibén el cultivo de la yerba. EL Padre Pedro Lozano, en su HISTORIA DEL PARAGUAY, afirma que ‘la yerba es el medio más idóneo que pudieran haber descubierto para destruir al género humano o a la nación miserabilísima de los indios guaraníes’. 

Desde 1610, año de la llegada de los primeros jesuitas al Paraguay, hasta 1630, se prohibió la exportación de mate y su consumo. Los indios transportaban la yerba desde distancias enormes y llegaban a tardar un año hasta volver a su punto de partida. La prohibición del consumo de mate disparó la curiosidad de los consumidores, que comenzaron a tomarlo clandestinamente. Así relató la epidemia el padre jesuita Francisco Díaz Tanho: ‘No hay casa de españoles ni vivienda de los aborígenes en que (el mate) no sea bebida como pan cotidiano. Ha cundido tanto el exceso de esa asquerosa zuma que ya ha llegado a la costa y otros muchos lugares de la América y Europa el uso y abuso de ella, y es mi sentir que por el instrumento de algún hechiero la inventó el demonio”. 

 El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición llegó a considerar su uso, más que un vicio, ‘una superstición diabólica’.
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"Esta noche, hipócrita lector, mi semejante, mientras estás empezando a leer este libro, novela, cuentos, crónica, como más te guste llamar estas prosas, migas de la nada, esta noche helada, el mar tan cercano y ajeno, ahí nomás, en esta Villa, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, que más da, en cualquiera de los meses fuera de temporada, acá, en su chalet del Pinar del Norte, alguien, un agrimensor progre se está garchando su nene, alguien, un mecánico, en una casa de chapa de La Virgencita está fajando a su mina, alguien, un peón borracho, en el corralón acogota a otro peón borracho durante un partido de truco, alguien en la Terminal, un sereno en alpargatas, después del último micro, toma mate, el churrasco de los pobres..."

Cámara Gesell, Guillermo Saccomanno.
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Cuando los militares dieron el último golpe de Estado en Argentina (24.03.1976) ya habían convenido el reparto de los cargos en 33% de nombramientos para cada una de las tres fuerzas: ejército, marina y aeronáutica. 

La Cancillería cayó en manos de la Armada. Junto con la asunción de Jorge Rafael Videla (Presidente), juró como Ministro de Relaciones Exteriores y Culto el contralmirante César Augusto Guzzetti, oficial submarinista. 

La línea de política exterior que habría de seguir Guzzetti estaba bien definida en las Bases para la intervención de las FFAA en el Proceso Nacional: “… ubicación internacional en el mundo occidental y cristiano, manteniendo la capacidad de autodeterminación, y asegurando el fortalecimiento de la presencia argentina en el concierto de las naciones." 

Imbuido por el contenido de estos párrafos, el coronel Ernesto Repetto Peláez irrumpió en el despacho de Eduardo Lorenzo de Simone para ordenarle: “Haga un plan para cerrar embajadas en África”. El funcionario, sorprendido, con su estilo parsimonioso y su voz nasal le respondió: “Coronel ¿qué vamos a hacer con el Movimiento de Países No Alineados?”. La cara del representante del Ejército se desfiguró: “¿Qué es eso?, espere un poco que voy a consultar”.

Parafraseado, Juan B. Yofre, Fuimos Todos, Sudamericana, 2007.
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Como parte de la formación que doña Agustina reservaba a sus hijos, a quienes deseaba fuertes ante la vida pero también sometidos a su voluntad, acostumbraba mandarlos a servir como humildes dependientes en alguna de las tiendas de Buenos Aires. Lo que también demuestra una tendencia alejada de los hábitos elitistas de la clase acomodada.

Sucedió que uno de los Ortiz de Rozas, Gervasio, se resistió a la humillación de lavar los platos en que habían comido algunos de sus parientes y amigos. Altanero, contestó:

- Yo no he venido aquí para eso.

El dependiente principal dio cuenta al patrón y este, llamando a Gervasio, le dijo secamente:

- Amiguito, desde este momento yo no lo necesito a usted más, tome su sombrero y váyase a su casa. Ya hablaré con misia Agustina…

 Gervasio caminó las pocas casas que lo separaban de su hogar con el ánimo turbado pues se sabía merecedor del castigo de su temida madre. Recibió la orden de encerrarse en su cuarto y al rato un sirviente golpeó la puerta llamándolo en presencia de doña Agustina, a quien acompañaba el dueño de la tienda. La señora, con gesto severo, tomó al hijo de la oreja y le conminó:

- Hínquese usted y pídale perdón al señor…

Cuando Gervasio, con lágrimas de dolor y de deshonra en los ojos, hubo obedecido, prosiguió:

- ¿Lo perdona usted, señor?
- Y como no, señora doña Agustina – respondió el tendero, desasosegado por la situación.
- Bueno, pues, caballerito, con que tengamos la fiesta en paz… - retomó la matrona – y váyase a su tienda con el señor que hará de usted un hombre. Pero, ahora, mi amigo, yo le pido a usted como un favor que a este niño le haga usted hacer otras cosas… Según el relato de Lucio V. Mansilla, al oído le dijo que le hiciera limpiar las letrinas. “Gervasio no volvió a tener humos”, concluye.

Pero lo que había funcionado con uno de sus hijos fracasó con otro de ellos, Juan Manuel. Ante una situación casi idéntica, este se negó a arrodillarse ante su patrón, por lo que la autoritaria doña Agustina, luego de darle un coscorrón, lo encerró desnudo en una habitación a pan y agua hasta que depusiera su orgullo. 

Pero dando preoz muestra de su temple, el joven logró forzar la cerradura y escapar como Dios lo trajo al mundo, dejando una esquela en la que doña Agustina y don León pudieron leer: “Me voy sin llevar nada de lo que no es mío”. 

Jamás regresaría a su hogar, nunca reclamaría ni un centavo de la abundante herencia familiar y además tampoco se llevaría el apellido aristocrático ya que de allí en más pasaría a llamarse Juan Manuel de Rosas, suprimiendo el “Ortiz” y modificando la “zeta” de Rozas por una “ese”.

Pacho O´Donnell, Juan Manuel de Rosas, Aguilar 2013.
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En la primera hora del 16 de septiembre de 1955, el general Eduardo Lonardi, acompañado por una decena de oficiales y de civiles, salió de una finca situada en la localidad cordobesa de La Calera; ingresó en la Escuela de Artillería, donde se le facilitó el acceso; entró al dormitorio del jefe de la unidad, lo intimó a sumarse a la revolución y, ante un amago de resistencia, le descerrajó un balazo que le rozó la oreja. Previamente había impartido esta consigna: "Hay que ser brutales y proceder con la máxima energía". 

Con este hecho comenzó la Revolución Libertadora.

Recuerda Susana Lonardi (hija): "En Córdoba murieron muchos chicos en la Escuela de Infantería, y papi los vio al entrar al cuartel cuando concluyó la lucha; se le cayeron las lágrimas, era muy sensible..."

María Sáenz Quesada - La Libertadora, Sudamericana, 2007
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Manuel Belgrano, devenido de familia rica, murió en la pobreza (el 20 de junio de 1820). Cumpliendo con su última voluntad, su cadáver fue amortajado con el hábito de los dominicos y fue trasladado desde la casa paterna en la que murió (actual avenida Belgrano, nº 430) al Convento de Santo Domingo.

El 4 de septiembre de 1904, durante plena presidencia de Julio Argentino Roca, sus restos fueron exhumados para la construcción del (actual) mausoleo que lo guarda en el Convento de Santo Domingo. En el hecho, los ministros de Interior, Joaquín V. González, y de Guerra, Pablo Ricchieri, se llevaron dos dientes del cadáver de Belgrano. 

Luego la presión pública, a través de los medios, hizo que ambos los devuelvan...
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